En una artimaña arriesgada, uno de ellos se lanzó para arrebatarme el arma, a la vez que los tres que quedaban en pie hacían su mayor esfuerzo para acorralarme y los replegué, propinándole un buen puñetazo al primero y una patada al segundo.
Los otros dos retrocedieron y quise demostrarles el error que acababan de cometer, cuando la ventana de la torre volvió a abrirse y esta vez era mi esposo quien se asomaba indignado.
— ¡Luna mía! —gritó.
—Me preparo para el viaje— me apresuré a explicarle.