Ahora las palabras de las ancianas que me aconsejaron antes de partir hacia Áthaldar, parecían proféticas y lo que más me incomodaba era tener la seguridad de que no imaginaba nada, sino que resultaba ofensivamente evidente que el rey favorecía a los pelirrojos de la casa de Leiamther.
En un gesto repentino, mi esposo me tomó de la mano y ayudándome a incorporarme, fuimos hasta el centro del salón. Al parecer quería bailar, pero no se molestó en mencionarlo, dejando a un lado la actitud gentil