Durante toda la danza, los ojos de él estuvieron fijos en mi rostro, no desafiándome, sino tratando de intimidarme y por eso le rebatía con la más dulce de mis sonrisas, hasta el punto de llegar a exasperarlo. Seguramente le cruzaban por su mente un sinfín de improperios, menos coloridos que los que yo le habría dedicado de haber podido.
Esa noche había aprendido la más importante de las lecciones: no debía dejar que las opiniones de otros interfirieran en mi relación con el rey, especialmente