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Había todo un pueblo lleno de colorido naciendo en el interior de los muros y el castillo se alzaba no muy cerca. Hombres, mujeres, ancianos y niños acudieron a recibirme, con flores y cintas agitándose en sus manos.

El carruaje se detuvo y el astil del fuego se presentó, dispuesto a conducirme hasta mi palafrén.

—Ya es seguro, alteza —me dijo—. Puede cabalgar hasta el castillo.

Acepté velozmente y casi sin cuidados subí a la silla para preocuparme luego por ordenarme el vestido, de modo que n
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