Me colocaron el collar de esmeraldas cuadradas y diamantes, que mi tío me regalara años atrás y este me pareció frío al contacto. Cubrí mis hombros con la capa dorada con reborde de piel blanca, dejando mi cabellera suelta y cuya negrura resaltaba al contrastar con la bruñida corona de perlas y gemas. No perdí tiempo contemplándome, me bastó con las expresiones de las doncellas que sonreían amablemente, aunque la pelirroja contenía la envidia al evadir la mirada.
Me negué a probar alimento, e