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Mis doncellas estaban petrificadas, y cuando la rubia quiso acercárseme, él la alejó, mostrándole los dientes. Controlé los nervios y alcé las armas improvisadas, entonces entendí que esta vez las órdenes no eran las de matarme, sino las de llevarme prisionera. Lo confirmé cuando la vista del bárbaro calló sobre los cortinados, como si quisiera atraparme con ellos y lo evité rodeándolos para quedar a solo unos pasos de la punta aguzada de su espada.

Me lanzó un puñetazo a la cabeza para dejarme
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