—Tus señores afirman que puedes destruir a los bárbaros, como los soldados de Áthaldar no son capaces de hacer— le dije—. Si consigues vencerlos, te dejaré en libertad y perdonaré tus faltas.
Los murmullos se hicieron insoportables y los aquieté con un ademan, antes de ordenar que dejaran en libertad a los dos guerreros escogidos, que tantos meses llevaban encerrados en las mazmorras del castillo real.
—El que resulté vencedor, será libre— sentencié.
Inmediatamente los dos colosos se lanzaron a