El amanecer llegó con un silencio opresivo. Helena observaba desde la ventana de sus aposentos cómo el sol teñía de naranja las montañas que rodeaban el territorio de la manada. Hoy no era un día cualquiera; era el día de su juicio.
Las palabras del Consejo resonaban en su cabeza como un eco interminable: "Demuestra que tu poder no es una amenaza para nosotros, o serás exiliada... o algo peor."
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Sin esperar respuesta, Ayleen entró, su rostro una máscara de determinación y preocupación.
—Es hora —dijo, extendiendo un vestido ceremonial de cuero negro con intrincados símbolos plateados bordados en los bordes—. Esto te protegerá, al menos un poco.
Helena lo tomó entre sus manos, sintiendo el peso del material, mucho más pesado de lo que aparentaba.
—¿Protegerme de qué exactamente?
Ayleen desvió la mirada.
—De todo lo que intentarán hacerte hoy.
Mientras se vestía, Helena sentía que cada prenda era una armadura insuficiente para lo que es