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El aullido de la luna menguante se extendía sobre el campamento como un manto de inquietud. Ayleen observaba desde la ventana de su cabaña cómo los miembros de la manada se reunían en pequeños grupos, intercambiando miradas furtivas que cesaban cuando ella aparecía. Tres días habían pasado desde su despertar como la Loba Blanca, y el aire se había vuelto denso, cargado de susurros y temores.

—No deberías torturarte así —dijo Helena, acercándose por detrás—. Vamos, necesitas descansar.

Ayleen negó con la cabeza, sus ojos fijos en la escena exterior.

—¿Descansar? ¿Cómo podría? Míralos, Helena. La mitad me mira como si fuera una diosa, la otra como si fuera un monstruo. Y yo no pedí ser ninguna de las dos cosas.

El reflejo en el cristal le devolvió una imagen que aún le resultaba extraña: su cabello, antes castaño oscuro, ahora mostraba mechones plateados que brillaban con luz propia bajo la luna. Sus ojos habían adquirido un tono ámbar más intenso, casi dorado cuando la emoción la embar
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