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El aullido de la luna menguante se extendía sobre el campamento como un manto de inquietud. Ayleen observaba desde la ventana de su cabaña cómo los miembros de la manada se reunían en pequeños grupos, intercambiando miradas furtivas que cesaban cuando ella aparecía. Tres días habían pasado desde su despertar como la Loba Blanca, y el aire se había vuelto denso, cargado de susurros y temores.

—No deberías torturarte así —dijo Helena, acercándose por detrás—. Vamos, necesitas descansar.

Ayleen ne
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