El silencio de la noche se quebró como cristal. Ayleen despertó de golpe, con todos sus sentidos alertas. No había sido un ruido lo que la había arrancado del sueño, sino una presencia. Algo —o alguien— respiraba en la oscuridad de su habitación.
Permaneció inmóvil, fingiendo dormir mientras sus dedos buscaban sigilosamente la daga que guardaba bajo la almohada. El aire se sentía denso, cargado de una amenaza que se deslizaba como niebla venenosa. Contó mentalmente: uno, dos...
Al llegar a tres