El silencio de la noche se quebró como cristal. Ayleen despertó de golpe, con todos sus sentidos alertas. No había sido un ruido lo que la había arrancado del sueño, sino una presencia. Algo —o alguien— respiraba en la oscuridad de su habitación.
Permaneció inmóvil, fingiendo dormir mientras sus dedos buscaban sigilosamente la daga que guardaba bajo la almohada. El aire se sentía denso, cargado de una amenaza que se deslizaba como niebla venenosa. Contó mentalmente: uno, dos...
Al llegar a tres, una sombra se abalanzó sobre ella.
Ayleen rodó hacia un lado, esquivando por milímetros el filo de una hoja que rasgó las sábanas donde segundos antes reposaba su cuerpo. La adrenalina disparó sus reflejos. En la penumbra distinguió dos siluetas: una bloqueaba la puerta mientras la otra se recuperaba del ataque fallido.
—Sabíamos que no sería fácil —susurró una voz masculina, áspera como piedra contra metal—. La sangre siempre reconoce el peligro.
El segundo intruso se movió con la fluidez de