El silencio que siguió al caos resultaba casi tan aterrador como la batalla misma. Helena abrió los ojos lentamente, como si despertara de un sueño profundo. Su cuerpo yacía sobre la hierba húmeda, manchada con gotas de rocío y sangre que no sabía si era suya o ajena. A su alrededor, un círculo perfecto de cuerpos inmóviles se extendía en todas direcciones, como si una fuerza invisible hubiera barrido con todo lo que encontró a su paso.
Y ella había sido esa fuerza.
Se incorporó con dificultad, notando cómo sus músculos protestaban ante cada movimiento. La luz del amanecer comenzaba a filtrarse entre las copas de los árboles, iluminando el campo de batalla con una claridad cruel que no dejaba lugar a la imaginación. Vampiros caídos, algunos reducidos a cenizas, otros con expresiones de terror congeladas en sus rostros. Y más allá, los supervivientes de su propio clan, observándola desde una distancia prudencial.
En sus ojos, Helena reconoció algo que nunca había visto dirigido hacia e