El silencio que siguió al caos resultaba casi tan aterrador como la batalla misma. Helena abrió los ojos lentamente, como si despertara de un sueño profundo. Su cuerpo yacía sobre la hierba húmeda, manchada con gotas de rocío y sangre que no sabía si era suya o ajena. A su alrededor, un círculo perfecto de cuerpos inmóviles se extendía en todas direcciones, como si una fuerza invisible hubiera barrido con todo lo que encontró a su paso.
Y ella había sido esa fuerza.
Se incorporó con dificultad,