El círculo ritual se alzaba como una herida abierta en medio del claro. Siete antorchas de fuego azul marcaban los puntos cardinales y sus intersecciones, mientras la luna, antes plateada y brillante, comenzaba a teñirse de un rojo enfermizo que parecía gotear sobre el bosque. Ayleen permanecía en el centro, con los pies descalzos sobre la tierra fría y el vestido blanco de lino ondeando suavemente, como si una brisa invisible lo acariciara.
El Consejo de Ancianos observaba desde la periferia.