El amanecer apenas se insinuaba en el horizonte cuando los guardias anunciaron la llegada. Helena, que había pasado la noche en vela contemplando el cielo nocturno desde su ventana, sintió un escalofrío recorrer su espalda. No necesitaba que le dijeran quién era; lo supo por la forma en que el aire pareció densificarse, cargándose de una electricidad antigua.
Morgana, la Hechicera del clan, había regresado.
Los pasillos del castillo se llenaron de susurros mientras Helena se apresuraba a vestirse. Eligió un vestido azul oscuro, casi negro, como si intuitivamente supiera que debía prepararse para noticias sombrías. Cuando llegó al gran salón, Darius ya estaba allí, su figura imponente recortada contra la luz de las antorchas, su rostro una máscara impenetrable.
Y frente a él, una mujer que parecía haber sido tallada del mismo tiempo.
Morgana no era como Helena la había imaginado. No era una anciana encorvada ni una belleza etérea. Era una mujer de edad indefinible, con el cabello negro