El Gran Salón de la manada Colmillo de Plata vibraba con tensión. Las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los rostros de los lobos reunidos, algunos con expresiones de asombro, otros con evidente desprecio. Darius permanecía de pie en el centro, su postura firme e inquebrantable, mientras sostenía la mano de Ayleen frente a todos.
—Lo que han escuchado es cierto —su voz resonó por todo el recinto, profunda y autoritaria—. Ayleen es mía. Mi compañera. La futura Luna de esta manada.
Un murmullo recorrió la sala. Ayleen podía sentir las miradas clavadas en ella como dagas, especialmente las de las hembras alfa que durante años habían competido por el favor de Darius.
Kayla, la beta de la manada, dio un paso al frente. Su cabello rojizo brillaba bajo la luz del fuego mientras sus ojos escudriñaban a Ayleen con desconfianza.
—¿Una humana? ¿Pretendes que aceptemos a una simple humana como nuestra Luna? —escupió las palabras con desdén—. Ni siquiera tiene sangre de lobo. Es débil.