El Gran Salón de la manada Colmillo de Plata vibraba con tensión. Las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los rostros de los lobos reunidos, algunos con expresiones de asombro, otros con evidente desprecio. Darius permanecía de pie en el centro, su postura firme e inquebrantable, mientras sostenía la mano de Ayleen frente a todos.
—Lo que han escuchado es cierto —su voz resonó por todo el recinto, profunda y autoritaria—. Ayleen es mía. Mi compañera. La futura Luna de esta manada.
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