La sala del Consejo se había convertido en un anfiteatro de miradas hostiles. Helena podía sentir el peso de cada par de ojos sobre ella, como si fueran dagas afiladas apuntando directamente a su corazón. El aire estaba cargado de tensión, tan denso que parecía difícil respirar. Los ancianos vampiros, con sus túnicas ceremoniales de terciopelo negro y bordes dorados, permanecían sentados en semicírculo frente a ellos, sus rostros impasibles como máscaras de mármol talladas por el tiempo.
Damián