Astaroth
Morir.
Qué palabra tan absurda para alguien como yo.
Mi bestia creyó que al atravesarme con sus propias manos me había condenado al olvido eterno. Pobrecito… qué ingenuidad la de los ángeles, siempre tan convencidos de que su justicia divina puede apagar lo que no entienden.
No era un demonio cualquiera. Yo era el demonio. El rey del Averno, el único que alguna vez logró unir a bestias, sombras y espectros bajo un mismo trono.
Cuando me arrancó el corazón, si es que puede llamarse co