Cordelia
No encontraba lugar para mis manos.
Caminé de un lado a otro por la galería, con la ropa pegada al cuerpo y el frío del Averno mordiéndome los huesos.
La casa crujía con su respiración vieja y cada grieta parecía repetirme lo mismo: "ten paciencia..."
No podía hacerlo. No debería sentir eso. Y por supuesto, no quería.
Me detuve frente a la ventana abierta al abismo. Apoyé los dedos contra el alféizar de piedra hasta sentirlos hormiguear.
“Arriba”, pensé. “Arriba, donde no me quieren