El pasillo del hospital parecía haberse estirado, volviéndose más largo, más frío y más oscuro con cada minuto que pasaba. Lena sentía que el tiempo allí dentro no se medía con relojes, sino con los latidos erráticos de su propio corazón, que golpeaba contra sus costillas con una fuerza que llegaba a dolerle.
Cada vez que una puerta se abría a lo lejos, o que el eco de unos pasos resonaba en el linóleo, ella se ponía rígida como una estatua, esperando ver aparecer esa bata blanca que le traerí