El acceso a la Unidad de Cuidados Intensivos era un laberinto de puertas automáticas, cristales reforzados y protocolos de higiene que a Lena le parecieron una eternidad necesaria. Tras lavarse las manos repetidamente con un jabón que olía a alcohol puro y ponerse una bata desechable de color azul que crujía con cada uno de sus movimientos, los enfermeros finalmente le permitieron entrar.
Al cruzar el umbral, el sonido ambiente cambió de golpe. Ya no se escuchaban los ecos de los pasillos, ni l