La euforia en el salón era casi palpable. Los gritos de alegría de Leo y las risas de los guerreros rebotaban en las paredes de mármol, creando una atmósfera de fiesta que el valle de los Azuleja no conocía desde hacía años. Pero, entre el bullicio, mis ojos buscaban una sola figura: la de mi hermano mayor.
Lucian estaba de pie cerca de la chimenea, con una copa de cristal en la mano que sostenía con una tensión que delataba su lucha interna. Su rostro, marcado por la palidez de quien no duerme y el brillo febril de la droga del lobo hueco, se veía como una estatua tallada en el dolor.
Me abrí paso entre la multitud. Eiden estaba ocupado recibiendo palmadas en la espalda de parte de Reyk, y Lena observaba desde la cocina. Aproveché el momento. Me acerqué a Lucian y le toqué suavemente el brazo.
—Lucian, ¿podemos caminar? —le pedí en un susurro—. Necesito un momento contigo. A solas.
Él no me miró de inmediato, pero asintió con un movimiento seco de cabeza. Dejó la copa sobre la repisa