La euforia en el salón era casi palpable. Los gritos de alegría de Leo y las risas de los guerreros rebotaban en las paredes de mármol, creando una atmósfera de fiesta que el valle de los Azuleja no conocía desde hacía años. Pero, entre el bullicio, mis ojos buscaban una sola figura: la de mi hermano mayor.
Lucian estaba de pie cerca de la chimenea, con una copa de cristal en la mano que sostenía con una tensión que delataba su lucha interna. Su rostro, marcado por la palidez de quien no duerme