Caminé por el largo pasillo que conducía al despacho principal, el mismo que mi padre había usado durante décadas. El eco de mis propios pasos sobre el mármol me recordaba que, aunque estuviéramos de vuelta, ya nada era igual. La mansión olía a limpio, a una normalidad fingida que se desmoronaba en cuanto llegabas a la zona donde Lucian dictaba sus órdenes.
Al entrar, la atmósfera cambió drásticamente. El aire estaba cargado de un olor agrio y metálico. Lucian estaba allí, de pie frente a los ventanales, mirando hacia el bosque con una rigidez que me asustaba. Silas estaba a su lado, señalando un mapa con una familiaridad que me revolvió el estómago.
—Los túneles del flanco este están despejados, Alfa —decía Silas, con esa voz untuosa que pretendía ser humilde—. Si mis hombres toman esa posición, Daren no tendrá por donde escapar cuando cerremos la pinza.
—Asegúrate de que así sea, Silas —respondió Lucian sin mirarlo—. No quiero errores. No esta vez.
Silas asintió y, al pasar por mi l