El vapor de la ducha no lograba limpiar la sensación de derrota que traía grabada en la piel. Me vestí despacio, sintiendo cómo la tela de mi blusa rozaba la piel de mi vientre. Todavía no se notaba, pero el secreto de mi hijo pesaba más que cualquier armadura. Al bajar las escaleras, el silencio sepulcral que había reinado en la mansión tras la muerte de mi padre había desaparecido. En su lugar, había un ajetreo organizado que me resultaba ajeno.
Cuatro mujeres de la manada, supervivientes de