La mansión no solo brillaba por la limpieza; ahora vibraba con una vida que creía enterrada bajo los escombros del Cántaro. Me detuve en el rellano de la gran escalera de mármol, simplemente para respirar. El aire ya no olía a rancio, a humedad o a ese miedo metálico que se te pega a la garganta; ahora olía a estofado de cordero, a romero fresco y a pan recién horneado.
Abajo, el ajetreo era constante. Las cuatro mujeres que Lucian había traído se movían con una energía renovada, como si al limpiar estas paredes estuvieran sacudiendo también el luto de sus propias vidas.
—¡Cuidado con eso, Leo! ¡Si rompes el saco de harina te juro que te hago lamer el suelo! —El grito de Reyk resonó desde la entrada lateral, seguido de un estruendo de bolsas cayendo.
—¡Relájate, hermanito! —respondió Leo con una carcajada—. Traemos suficiente comida para alimentar a media ciudad. ¡Mira estos filetes! Papá siempre decía que los Azuleja no pelean con el estómago vacío.
Bajé los últimos escalones y los v