La mansión no solo brillaba por la limpieza; ahora vibraba con una vida que creía enterrada bajo los escombros del Cántaro. Me detuve en el rellano de la gran escalera de mármol, simplemente para respirar. El aire ya no olía a rancio, a humedad o a ese miedo metálico que se te pega a la garganta; ahora olía a estofado de cordero, a romero fresco y a pan recién horneado.
Abajo, el ajetreo era constante. Las cuatro mujeres que Lucian había traído se movían con una energía renovada, como si al lim