El aire gélido de la mañana cortaba la piel de Eiden como si fueran pequeñas cuchillas de cristal, pero él apenas lo sentía. El frío exterior no era nada comparado con la ventisca interna que lo azotaba desde que Alana había caído en ese sueño antinatural. Se encontraba en el linde del bosque que rodeaba la propiedad, un territorio fronterizo donde la pulcritud de la mansión se rendía ante la salvaje espesura de los pinos y los robles. Allí, el silencio solo era interrumpido por el chasquido se