El aire gélido de la mañana cortaba la piel de Eiden como si fueran pequeñas cuchillas de cristal, pero él apenas lo sentía. El frío exterior no era nada comparado con la ventisca interna que lo azotaba desde que Alana había caído en ese sueño antinatural. Se encontraba en el linde del bosque que rodeaba la propiedad, un territorio fronterizo donde la pulcritud de la mansión se rendía ante la salvaje espesura de los pinos y los robles. Allí, el silencio solo era interrumpido por el chasquido seco y rítmico de sus disparos.
Sostenía la pistola de aire comprimido con una firmeza casi dolorosa. Sus nudillos estaban blancos, la piel tirante sobre los huesos. A unos quince metros, tres robles antiguos se alzaban como centinelas silenciosos. No eran blancos comunes. En un arrebato de odio hacia sí mismo, Eiden había usado un cuchillo de caza para tallar marcas profundas en la corteza; círculos y cruces que ahora estaban acribillados por el impacto de las pequeñas esferas de plástico. Cada p