La mansión de Lena se alzaba en medio de la penumbra como un mausoleo de piedra y madera. Eran las once de la noche, y el silencio de los pasillos solo era interrumpido por el crujido de la estructura bajo el peso de la nieve acumulada. Lena bajó las escaleras con una lentitud que denotaba su agotamiento físico; el vestido azul de flores largos, que llegaba hasta sus tobillos, parecía pesarle una tonelada. Su rostro, habitualmente pálido, tenía ahora un matiz casi traslúcido, y sus ojos azules