La mansión de Lena se alzaba en medio de la penumbra como un mausoleo de piedra y madera. Eran las once de la noche, y el silencio de los pasillos solo era interrumpido por el crujido de la estructura bajo el peso de la nieve acumulada. Lena bajó las escaleras con una lentitud que denotaba su agotamiento físico; el vestido azul de flores largos, que llegaba hasta sus tobillos, parecía pesarle una tonelada. Su rostro, habitualmente pálido, tenía ahora un matiz casi traslúcido, y sus ojos azules estaban inyectados en sangre por la falta de sueño.
Al llegar al primer nivel, encontró a los tres hermanos en el salón, sumidos en una penumbra cargada de derrota. Reyk y Deerk estaban sentados en los sofás de cuero, con las cabezas gachas y los hombros caídos. Leo estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad del bosque.
—A la cocina —ordenó Lena. No era una invitación, sino una demanda nacida de la urgencia—. Muévanse.
Los tres lobos, a pesar de su imponente tamaño en sus camis