Me quedé un momento con la agenda en las manos.
No quería soltarla.
Tampoco quería abrazarla.
Era una mezcla extraña.
La puso sobre la mesa del despacho y la abrí otra vez en las páginas centrales. Había nombres. Apellidos. Teléfonos. Direcciones. Notas escritas a un lado.
“Alfa Rasmussen. Firme pero justo.”
“Familia Sølvberg. Dudosos. Revisar.”
Cada línea era un pedazo de la vida de mi padre que yo no había visto.
—Aquí está todo —dije en voz baja—. Nombres de alfas. Antiguas alianzas. P
Eiden