Eran casi las seis de la tarde cuando abrí el armario de mi habitación.
El olor a humo seguía ahí, mezclado con polvo y madera húmeda. La guerra había pasado por la casa, pero no la había destruido del todo. Había partes quemadas. Habitaciónes enteras negras. Otras, como la mía, estaban todo desordenadas, pero seguían en pie.
Las flores secas del florero estaban tiradas en el suelo. El cristal del jarrón roto en pedazos. La cómoda tenía una esquina chamuscada. El espejo tenía una grieta larga e