Lena subió en ese momento.
Tenía el cabello atado y las manos limpias.
—Ya pasó —dijo.
Respiré hondo.
Tomé el café y le di un sorbo. No sabía ni cuándo había dejado de respirar. Mi cuerpo estaba actuando solo.
Lena me miró.
—Me haría bien una taza de esas —dijo.—Quizás dos.
Asentí. Me levanté, serví otra taza y se la entregué. No miré a mis hermanos. No tenía fuerzas para hablar con nadie.
—Acompáñame afuera —pidió.
La seguí hasta el pórtico.
El aire estaba fresco. El bosque, quieto. Las tabla