El sol estaba bajando cuando escuché pasos en el porche.
No era Leo. Tampoco Reyk.
Ese paso lo reconocía.
Salí al corredor y vi a Eiden entrando por la puerta trasera.
Tenía la ropa manchada de tierra.
El cabello húmedo de sudor.
Los brazos tensos.
Me miró una sola vez, sin sonreír.
—Volviste —dije.
—Sí.
Su voz era baja. Me acerqué un poco.
—¿Dónde estabas?
—Necesitaba salir —respondió—. Respirar.
Asentí.
No sabía qué decir a continuación.
No quería preguntar más. No quería sonar como si estuvi