El plano astral se había estabilizado en una imagen de pesadilla absoluta. Lena caminaba por lo que alguna vez fue el gran salón de la mansión Azuleja, pero ahora no quedaba ni rastro de la calidez, la madera lustrada o el olor a hogar de hacía apenas cinco días. Todo lo que veía eran ruinas distorsionadas. Las grandes vigas del techo estaban astilladas y colgaban como costillas rotas; las alfombras persas, que solían ser el orgullo de la familia, estaban empapadas en una mezcla de hollín, ceni