El plano astral se había estabilizado en una imagen de pesadilla absoluta. Lena caminaba por lo que alguna vez fue el gran salón de la mansión Azuleja, pero ahora no quedaba ni rastro de la calidez, la madera lustrada o el olor a hogar de hacía apenas cinco días. Todo lo que veía eran ruinas distorsionadas. Las grandes vigas del techo estaban astilladas y colgaban como costillas rotas; las alfombras persas, que solían ser el orgullo de la familia, estaban empapadas en una mezcla de hollín, ceniza y sangre. Las sillas de los ancianos, donde se tomaban las decisiones de la manada, yacían tiradas y rotas como huesos viejos esparcidos por un desierto.
En el centro de la devastación, sentado en la silla del Alfa —un trono de roble macizo que parecía ser lo único que seguía en pie entre los escombros—, estaba Lucian.
No estaba solo. A sus pies, como ofrendas macabras puestas para un dios oscuro, descansaban los cuerpos de dos mujeres de unos cuarenta años. A su alrededor, por todo el suelo