El aire en el salón se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de los lobos se erizara. Los guerreros de la Secta que habían derribado la puerta principal se detuvieron un segundo, con las espadas de plata en alto, relamiéndose ante la idea de masacrar a los Azuleja.
Pero Alana no iba a permitirlo.
Sintió cómo el fuego de su frente, el ardor de la marca de la Imperfecta, dejaba de ser un dolor para convertirse en una fuente de poder absoluto. Era