El aire en el salón se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de los lobos se erizara. Los guerreros de la Secta que habían derribado la puerta principal se detuvieron un segundo, con las espadas de plata en alto, relamiéndose ante la idea de masacrar a los Azuleja.
Pero Alana no iba a permitirlo.
Sintió cómo el fuego de su frente, el ardor de la marca de la Imperfecta, dejaba de ser un dolor para convertirse en una fuente de poder absoluto. Era una rabia líquida que subía desde su vientre, donde su hijo pateaba con una fuerza sobrenatural, hasta sus manos. Alana se colocó al frente de todos, bloqueando el camino hacia el sofá donde yacía Lena. Sus ojos, antes llenos de lágrimas, ahora emitían un fulgor dorado y letal.
Con un grito desgarrador que nació de lo más profundo de su alma, Alana levantó las manos hacia la entrada. No hubo palabras, ni hechizos, solo voluntad pura. De sus palmas estalló un rayo cargado de una luz blanca cegado