El caos se desató en el interior de la mansión con la rapidez de un incendio. La noticia de que la Secta estaba a las puertas de la propiedad eliminó cualquier rastro de la calidez que se había sentido minutos antes. Reyk, Eiden, Leo y Deerk se movieron como una unidad coordinada por años de instinto y supervivencia.
—¡Busquen las armas! —rugió Reyk, su voz de Alfa resonando en las paredes de madera—. Atacan a distancia, usan flechas y ballestas. No podemos salir a campo abierto a dejarnos ensartar como animales.
Los hombres corrieron hacia el despacho blindado de Lucian. Sabían que los cazadores de la Secta no jugaban limpio; usaban puntas de plata y veneno paralizante. Eiden sacó un par de pistolas automáticas y comenzó a cargar los cargadores con manos temblorosas pero rápidas. Leo y Deerk sacaron rifles de largo alcance. Eran lobos, sus sentidos estaban alerta; podían oler el sudor rancio de los atacantes y el aceite de sus ballestas acercándose por la espesura del bosque nevado.