El agua tibia había borrado la ceniza y el miedo de mi piel, pero no los pensamientos.
Me vestí con la ropa que me trajeron: una blusa azul con bordes de encaje y una falda de lino limpia. El cabello, suelto, caía sobre mis hombros, cubriéndome la marca. Por un instante me vi en el reflejo metálico del cuenco donde aún flotaba un hilo de agua. Aquella mujer no parecía yo.
Tomé aire. Debía hablar con él.
Con mi padre.
El Cántaro se sentía distinto aquella mañana; más callado, más vigilante. Los