Despertó antes del amanecer.
El Cántaro seguía en silencio.
Cuando abrí los ojos, él me miraba.
—¿Desde cuándo estás despierto? —pregunté.
—Desde antes de que abrieras los tuyos. —Su voz sonaba ronca, gastada.
Eiden se incorporó despacio. La manta cayó hasta su cintura. Tenía el pecho cubierto de vendas limpias, y el sudor le marcaba la piel. Su cabello, oscuro y revuelto, le caía sobre la frente. La luz azul de la cueva le iluminaba los pómulos y hacía brillar sus ojos, de un gris que a vec