El Cántaro estaba en calma.
Las antorchas iluminaban los pasillos con un brillo tenue que hacía parpadear las sombras sobre las paredes de piedra pulida.
El aire era seco, impregnado con un aroma a metal y tierra vieja.
Reyk había insistido en quedarse conmigo, pero terminó vigilando desde el corredor.
—Si pasa algo —me dijo antes de irse—, grita. Vendré con Leo.
Asentí.
No quise decirle que algo en mí no quería que se acercara a Eiden. No todavía.
El lugar no era una cueva común.
Era una f