El silencio en la habitación se volvió profundo, casi sagrado, cuando Alana, ya sentada en la cama, notó que Lena no apartaba la vista del suelo. Fue entonces cuando la luz de la luna golpeó el rostro de la bruja y Alana lo vio con claridad: esos enormes ojos azules, que siempre habían sido un océano de calma y poder, estaban empañados, enrojecidos y llenos de lágrimas que se negaban a caer. La invulnerable Lena, la mujer que manejaba hilos de magia y destino, se veía pequeña en la penumbra.
—Sé que es por Lucian —soltó Alana en un susurro cargado de empatía.
Lena se tensó y parpadeó con rapidez, tratando de recuperar su máscara de frialdad, pero el daño ya estaba hecho. No pudo ocultar el temblor de sus manos mientras jugueteaba con los bordes de su chal oscuro.
—Él no quiere volver, Alana —confesó Lena finalmente, con la voz rota y despojada de toda arrogancia—. Se está hundiendo en su propio odio. Se ha convertido en una tormenta negra. Pero hay algo peor que su rabia... Daren le e