El silencio en la habitación se volvió profundo, casi sagrado, cuando Alana, ya sentada en la cama, notó que Lena no apartaba la vista del suelo. Fue entonces cuando la luz de la luna golpeó el rostro de la bruja y Alana lo vio con claridad: esos enormes ojos azules, que siempre habían sido un océano de calma y poder, estaban empañados, enrojecidos y llenos de lágrimas que se negaban a caer. La invulnerable Lena, la mujer que manejaba hilos de magia y destino, se veía pequeña en la penumbra.
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