No podía dormir.
Desde que acepté el trato con Mara Selene, mi cuerpo no se sentía igual.
Era como si algo dentro de mí no dejara de moverse, una vibración constante que me recordaba que había hecho una promesa.
El Cántaro respiraba.
Afuera, el aire tenía ese pulso azul que parecía latir junto con mi sangre.
Eiden estaba sentado a unos metros, con la espalda contra la pared y los ojos fijos en el vacío.
La luz tenue marcaba el contorno de su rostro: mandíbula tensa, hombros rígidos, manos ab