La cena había sido tan cálida como podía esperarse tras una guerra reciente. Entre brindis por los vivos y silencios por los caídos, Vyrden volvía poco a poco a respirar.
Kaelrik se retiró antes de lo habitual, alegando cansancio. Pero en realidad, necesitaba silencio. No más aplausos, no más miradas de respeto. Solo sombra… y quizá, una compañía.
Y como si la Luna misma lo supiera, no tardó en olerla antes de oírla.
—Tarsia —dijo sin girarse, aún de pie junto al ventanal de su cabaña.