El aire dentro del salón de guerra de Vyrden estaba cargado, no por el humo de la fogata central, sino por el peso de lo que estaba por decidirse.
Kaelrik, firme en su silla de piedra tallada, observaba uno a uno a los presentes. A su izquierda, Nyrea estaba erguida, con la mirada tan afilada como la luna creciente que brillaba sobre la cúpula abierta del techo. A su lado, Darién, aún con rastros de debilidad en su porte, mantenía la espalda recta. Sareth, de pie al fondo, cubierto por un abr