El aire se volvía más denso a medida que el bosque daba paso al sendero abierto hacia Brumavelo. Las copas de los árboles dejaban ver el cielo gris pálido del amanecer, y el viento traía consigo el aroma familiar de tierra húmeda y leña quemada. Aeryn cabalgaba al frente, el rostro pálido, con gotas de sudor en la frente. Sus dedos se aferraban con fuerza a las riendas, pero su cuerpo temblaba.
—No me siento bien… —murmuró, apenas audible.
Sareth, cabalgando a su lado, la observó con preocupa