—¡Estúpido, testarudo, lobo en celo! —bramó Nerysa mientras su túnica se arremolinaba a su paso como una tormenta de dignidad ultrajada.
Su melena negra flotaba tras ella como la cola de un cometa furioso, sus ojos centelleaban con un azul glacial y su ceño no admitía súplica ni redención. Había vivido guerras, desafíos de Alfas y tragedias ancestrales, pero esto, esto era el colmo.
—¡Elaria! —escupió el nombre como si tuviera espinas—. ¿De todas las lobas en los malditos cinco territorios