Darien no podía postergarlo más.
Desde el incendio, había evitado asistir a las reuniones del consejo, escudándose en la crisis, en la seguridad de la manada, en la recuperación de Aeryn. Pero ahora, no había escapatoria.
Entró en la sala circular con el ceño fruncido, el cabello aún húmedo de su entrenamiento matutino, y los ojos bien abiertos. Aeryn no estaba a su lado esta vez. Y eso lo hacía más vulnerable.
Aldrik sonrió apenas. Como un lobo que huele sangre.
—Empecemos —dijo sin cortesía,