El calor era insoportable.
Darien había llegado primero al cuartel de entrenamiento envuelto en una nube densa de humo y caos. El fuego se alzaba como una criatura viva, devorando vigas, techos y el polvo de siglos.
—¡Sáquenlos a todos! —rugió—. ¡Controlen las salidas! ¡No permitan que se propague al almacén!. Traigan el agua y arena.
Su voz era un látigo, y los guerreros corrían obedeciendo sin dudar.
Pero el fuego no cedía. Rugía. Golpeaba con una furia desconocida, como si hubiera nacido