—¿Te vas a quedar esta vez? —murmuró Tarsia con los ojos entrecerrados.
—Hasta que me eches —dijo Kaelrik, besándole la frente—. O hasta que el mundo se queme… lo que pase primero.
—Extrañarte ha sido una maldita tortura —murmuró Kaelrik, su voz más ronca, mientras acariciaba con la yema de los dedos la línea de la clavícula de Tarsia—. Cada noche me prometí que no pensaría en ti… y cada noche fallé.
Ella sonrió, agotada pero cálida, con la piel aún enrojecida por el fuego de su encuentro