La caverna respiraba oscuridad. Solo el fuego azul del brasero iluminaba las paredes irregulares del antiguo santuario. Aldrik Lobrenhart estaba de pie, erguido como una sombra antigua entre ruinas de piedra consagrada. A su lado, una urna cubierta aún exudaba el hedor rancio de antiguos pactos rotos.
El muchacho, cubierto por una capa raída y con marcas de fuego aún frescas en la piel, se arrodilló frente a él.
—Volví… como ordenó. Fui perdonado.
—¿Perdonado? —Aldrik enarcó una ceja, girand