El carruaje se sacudía por el terreno irregular, pero nada se comparaba con los estremecimientos del cuerpo de Nyrea. Su espalda arqueada contra la madera del asiento, las manos aferradas a los bordes como si pudiera anclar el mundo entero con sus dedos.
—¡Aaah! —el grito retumbó en el interior del vehículo, con un eco que heló la sangre de los guardias al exterior.
Tarsia estaba inclinada sobre ella, sujetando sus piernas elevadas con firmeza, pero su rostro denotaba preocupación.
—¡Agua