La noche en Lobrenhart caía pesada, como si el cielo supiera que algo se gestaba bajo su amparo. Las antorchas en la antigua sala del ala norte chispeaban apenas, lo justo para que los rostros no se vieran con claridad. Solo los ojos brillaban. Ojos de ambición, de resentimiento, de miedo disfrazado de lealtad.
Aldrik estaba de pie frente a un mapa antiguo, sostenido por ganchos oxidados sobre una pared cubierta de pieles. Sus dedos recorrían los caminos como si fueran venas abiertas, buscand