El eco de pasos y murmullos llenaba el Salón de Piedra, la gran cámara donde el Consejo de Lobrenhart se reunía bajo los techos abovedados y las columnas talladas con símbolos de los clanes ancestrales. La mesa circular ya estaba casi completa, y aunque no todos hablaban en voz alta, la tensión podía sentirse como una niebla densa.
Aldrik, con su túnica de lino oscuro y su rostro impasible, ocupaba su lugar tradicional, justo a la izquierda del asiento reservado para el Alfa. No necesitaba alza