Las puertas de Vyrden se abrieron con un rechinar metálico, pero Nyrea no esperó a que se despejaran del todo.
Bajó de su montura antes de que alguno de los guerreros pudiera ayudarla y comenzó a caminar con paso firme, como si la tierra misma la reconociera y se apartara a su paso.
Kaelrik, que la esperaba al frente con los dientes apretados por emociones que no sabía nombrar, dio un paso hacia ella.
—Nyrea… —empezó, con voz baja y contenida.
Pero ella ni lo miró.
—Más tarde hablamos —sol