La tienda olía a ceniza y a hierbas oscuras. El humo de los inciensos aún flotaba en el aire, espeso, denso, como si quisiera ocultar lo inevitable. En el centro, Darién yacía pálido, cubierto hasta el pecho con sábanas manchadas de sangre. Su abdomen se hundía y se alzaba con dificultad. La herida envenenada seguía negra, latente… como si un fuego muerto se hubiera enquistado bajo su piel.
Kaelrik no se movía.
—¿Cómo puedes quedarte así? —espetó Sareth desde afuera, luego de lanzar una caja